Al invadir las últimas zonas silvestres del centro y norte de México, los humanos transformamos drásticamente sus diferentes ecosistemas mediante las prácticas rurales habituales, lo que terminó eliminando los bosques y su fauna, reemplazándola por animales domésticos que poco a poco se convirtieron en los únicos animales que los lobos y otros grandes carnívoros podían encontrar en el campo. Fue así como algunos lobos mexicanos (es importante recalcar “algunos”, pues no todos los hicieron), “descubrieron” que ciertos animales llevados a su hábitat por el hombre, como los becerros, eran presas infinitamente más fáciles de cazar que un venado, además de que a estos últimos ya rara vez los encontraban en el campo tras ser diezmados por los cazadores.
La reacción ganadera fue entendible, pues los casos reales de daños causados por algunos lobos al ganado, despertaron el temor de que la situación fuera a empeorar o afectar a todos, lo que, a falta de un análisis objetivo de las causas, desató una respuesta desmedida que convirtió a todos los lobos en enemigos que había que erradicar.
A finales del siglo XIX, los lobos mexicanos todavía habitaban sitios tan sorprendentes como los bosques de las faldas del Nevado de Toluca o el Pico de Orizaba, desaparecieron rápidamente en el centro de México y se refugiaron en los lugares más remotos e inaccesibles de la Sierra Madre Occidental, su último bastión. Pero aún estos sitios fueron colonizados y afectados por el avance humano, de forma que hacia mediados del siglo XX los lobos ya eran muy escasos, y por ello no pudieron resistir el creciente acoso humano.
Por sorprendente que ahora nos parezca, en esa época el gobierno mexicano, que entonces no tenía noción alguna sobre la importancia de conservar la fauna silvestre, ofreció a los ganaderos emprender una campaña de erradicación de lobos que fue muy efectiva gracias al uso de un veneno letal que se diseminó en trozos de carne envenenada puestas a su alcance principalmente en Chihuahua, Durango, Sonora y Zacatecas. El efecto fue tan devastador que para 1977 se estimó que tan sólo 50 lobos sobrevivían en México, los cuales no perduraron por mucho tiempo.
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